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Encuentre un modelo en el confinamiento de los campos Rohingya en Myanmar
- 31 Julio 2018
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RAKHINE, Myanmar – Harlee Dar, de 14 años de edad, no va a la escuela. No hay libros, televisión ni radio en el pequeño refugio de la familia, que en verano es un horno y en la temporada del monzón queda anegado por las lluvias. Al preguntarle qué hace cuando no ayuda a su madre con las tareas, simplemente contesta: “Me siento. O me acuesto”.
Khin Me Me Htun, conocida en su comunidad como Me Me, le aprieta la mano a Harlee. Están sentadas en el centro de mujeres y niñas promovido por el UNFPAen un campamento de rohingya desplazados, donde Me Me es asesora de protección y empoderamiento.
Casi 700 000 rohingyas han huido de Myanmar a Bangladesh desde que la larga crisis de la comunidad estalló en una violencia horrible en agosto de 2017. Sin embargo, Me Me y Harlee se encuentran entre los 300 000 rohingyas que siguen confinados en campamentos y aldeas en la parte central del estado de Rakhine de Myanmar.
El antiguo hogar de Me Me, en el centro de Sittwe, tan solo está a unos kilómetros de distancia, pero lleva sin regresar desde 2012, cuando la violencia la llevó a ella y a más de 100 000 rohingyas a los campamentos donde llevan ahora viviendo seis años.
No se les permite salir.
Las mujeres de la comunidad a menudo son vulnerables por partida doble: son miembros del grupo étnico rohingya y son mujeres en una sociedad tradicional y aislada.
Las normas sociales restrictivas hacen que la vida sea difícil para las niñas como Harlee, que apenas sale de su incómodo refugio. El centro de mujeres y niñas es uno de los pocos lugares donde puede encontrar amistades y actividades sociales.
Allí también aprende. A las visitantes se les habla de los peligros del matrimonio infantil y de cómo encontrar ayuda si sufren violencia. También reciben mensajes sobre igualdad de género, información sobre sus cuerpos y salud y aprenden cómo encontrar asistencia sanitaria.
“Nuestras sesiones educativas para las niñas tratan sobre la violencia de género, sobre los derechos y la salud sexual y reproductiva, y sobre el empoderamiento de las mujeres”, explicaba Me Me.
“Para estas niñas, nuestras sesiones no solo son una fuente de información, sino que también son lo más cercano que las niñas van a estar de una hora sin preocupaciones en compañía de amigos y en un entorno seguro”, añadía.
“La vida de estas niñas es muy dura. Tienen que animarse para que puedan seguir hasta la próxima vez que visiten el centro. Bromeamos mucho y tonteamos un poco para asegurarnos de que se sienten felices y contentas cuando salgan del centro”.
Hay 13 centros de niñas y mujeres en Rakhine, operados por el Comité Internacional de Rescate y financiados por Programa de Mujeres y Niñas Primero (Women and Girls First) del UNFPA, que está respaldado por los gobiernos de Australia, Finlandia, Italia y Suecia.
A través de sus esfuerzos, el personal del centro como Me Me se ha instaurado como modelo a seguir.
“Cuando crezca, quiero ser como Me Me”, decía Harlee. “Tiene muchos conocimientos. Cada vez que vengo al centro de mujeres y niñas aprendo algo nuevo y me acerco un poco más a ser como ella”.
Me Me fue la primera niña de su vecindario en llevar pantalones y fue una de las primeras en ir a la universidad, obtuvo una licenciatura en literatura en inglés.
“Mi familia siempre me ha apoyado. Mi abuelo, en especial, me motivó a ser yo misma. Su apoyo me dio la fortaleza para arreglármelas yo sola cuando era adolescente”, contaba al UNFPA.
Cuando llegó a los campamentos, tuvo muy pocas oportunidades para usar su formación académica, hasta que empezó a trabajar en los centros de mujeres y niñas en 2014. Allí, ella y sus compañeros ayudan a dar forma a la respuesta humanitaria en nombre de las mujeres y las niñas.
“La mayoría de las niñas de los campamentos no tienen el tipo de apoyo en sus hogares que yo tuve y sigo teniendo”, explicaba Me Me. Está comprometida en ayudarlas a desarrollar su potencial.
“Sigo en contacto con mis amigos de la universidad y me dicen que debo encontrar una forma de salir, una forma de escapar del confinamiento de estos campamentos. Pero, aunque existiera esa posibilidad, ¿cómo podría dejar a estas niñas que dependen de mí?,¿Cómo podría vivir con la conciencia tranquila, sabiendo que las había dejado abandonadas?”, se preguntaba.
“No, nunca haría eso. Aquí es donde estoy marcando la diferencia. Esta es mi vocación”.